Los ataques de pánico son episodios de ansiedad intensa. Aunque puedan parecer aterradores, son más comunes de lo que imaginamos. Involucran síntomas cognitivos como miedo catastrófico a morir o perder el control junto con síntomas relacionados con el sistema nervioso autónomo como palpitaciones, taquicardia, sofocos (sensaciones de calor) y sudoración. Otros síntomas físicos pueden incluir aumento del ritmo respiratorio, parestesias (sensaciones de entumecimiento u hormigueo), mareos y náuseas. Suelen alcanzar su punto máximo en unos 10 minutos y tienen una duración entre 25 a 45 minutos.
Aunque pueden ocurrir en momentos de aparente calma, los ataques de pánico son el resultado de una reacción de supervivencia adaptativa ante una amenaza percibida. Esta respuesta activa el sistema de “lucha o huida”, es decir, respuestas conductuales motoras somáticas y un aumento de la actividad cardiovascular por respuestas simpáticas autónomas. También se produce una aceleración de la respiración y se liberan hormonas como la adrenalina para movilizar las reservas de energía.
Cuando estos episodios suceden repetitivamente y afectan a
la calidad de vida, puede tratarse de un trastorno de pánico, un trastorno de
ansiedad grave. Las personas que lo sufren son especialmente vulnerables a
experimentar ataques durante el estado de vigilia, especialmente entre las 14:00
y 16:00 horas.
A continuación, se presenta un gráfico que muestra la
distribución de ataques de pánico leves y graves a lo largo del día de 97 sujetos
diagnosticados con este trastorno, lo que pone de relieve la importancia de abordarlo adecuadamente:
Estudios muestran que la causa más probable de los ataques
de pánico es una desconexión entre dos regiones del cerebro: el cuerpo
amigdalino, que regula las emociones, y la corteza prefrontal, encargada del
pensamiento racional. En un episodio, el cuerpo amigdalino se activa en exceso,
mientras que la corteza prefrontal responde con menor intensidad, generando así
una espiral de miedo.
Comprender qué ocurre en nuestro cuerpo y mente durante un
ataque de pánico es el primer paso para afrontarlo. Buscar apoyo profesional y
aprender técnicas de regulación emocional puede marcar una gran diferencia.
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